Hoy llevo un fin de semana de relax y esparcimiento. Fui una chica muy sensata y con la cabeza en la tierra [y tuve unos padres poco colaboradores, para que mentir] y hoy, mientras me duchaba y me enjuagaba el pelo, después de haberlo tenido con crema suavizante más de tres horas [lo sé, lo sé, cierto limón me va a decir que estoy loca y que me voy a ahogar el cabello] para tenerlo sedoso y que se me cierren las odiosas puntas abiertas a las que odio con toda mi fuerza y que no van a conseguir que me corte ni medio centímetro de cabellera, cuando de repente se me ordenaron todas las piezas.
Llevaba un par de días enfrentándome conmigo misma. ¿Qué soy? ¿Qué quiere ser en el futuro? Desde tercero de la E.S.O pensaba que quería ser Médico. Cuando era pequeña me aterrorizaba ir al médico. De hecho, eso era precisamente lo que hacía a mis muñecas: si te portas mal, Barbie, te llevo con el pediatra. Y luego resulta que no. Empecé a pensar en Medicina como un reto. Eso fue lo que primero me motivó a estudiarla. Es difícil. Y yo en ese momento tenía mis instantes de soberbia. No sabía a qué quería dedicarme, y oye, ¿por qué no? Y luego se cruzó en mi camino "En Coma"
Robin Cook escribe thrillers médicos. Y los escribe muy bien. Fue lo primero que leí de él, y la verdad es que me fascinó. Totalmente. En aquel entones yo sabía lo mismo de biología que de que lo que sé ahora mismo de mecánica cuántica. Pero ese es uno de los grandes aciertos de Cook: aunque utiliza términos médicos te los explica poco después. Vamos que si aún no os ha quedado claro, que os lo recomiento encarnecidamente. Volviendo al tema [parece que con las vueltas que le estoy dando estoy en el discurso de agradecimiento de los Nobel o algo por el estilo. Desvarío], que me afianzó mis ganas de convertirme en médico. De saber cómo funcionaba el cuerpo. Luego, con el paso del tiempo lo fui cultivando. Nunca me ha dado asco o miedo la sangre, las vísceras y las tripas. Y me encanta la Biología. Así que todo fue sumándose.
Este verano me entraron las dudas.
Creo que hay que entender primero que para comprenderme hay que explicar que quiero viajar por el mundo, vivir en mil países. Quizás suene a sueño tonto de cría, pero es lo que quiero. No es que me sienta mal viviendo en Sevilla, es que tengo sangre de Edena [leed El Nombre del Viento. Es una orden]. Quiero trabajar y ver que mi trabajo es útil. Y ya puestos a sincerarnos, quiero ganar dinero. Quiero ir impecablemente vestida. Pero claro, correr por Urgencias subida en unos tacones de Laubutin
pues tampoco es lo más normal del mundo. Ser Diplomática parecía ser perfecto. Esa es la parte que ha estado ganando en los post anteriores. Pero claro, hay que añadirle una incógnita más a la ecuación de mi futuro. Suena lo más tonto posible, lo sé, pero es un chico. Que típico, ¿no? Después de ser la perfecta pagafantas, llorarle a una amiga, a Limón A en el metro y conseguir que el señor que se sentaba a nuestro lado y al que no concíamos de nada se riera a mandíbula batiente con mis desvaríos, llorar de nuevo en casa y pensar lo mejor parecía poner tierra de por medio. Por no hablar de mi plan perfecto: llamarlo la semana de antes y confesarle que me gustaba, para yo irme a Madrid liberada de toda cadena posible. Y en mi imaginación Polo también me quiere, pero es demasiado tarde. Yo me voy. Y encuentro a un bombón de la capital que me hace olvidar todas mis penas. El plan perfecto.
Lástima que no vaya a llevarse a cabo.
Me quedo en Sevilla. Con chico o sin él. Con faldas y a lo loco, con pantalón y muy cuerda. Nos vemos en Derecho.
Limones, ¡COMPRADME UN MALETÍN!
